miércoles, 25 de noviembre de 2015

Miedo a los varones







En 1984, cuando tenía 16 años fui con mis compañeras de secundaria a festejar el día de la primavera a Palermo. En esa época el colegio de curas no era “mixto” sino que tenía a la mañana a los varones y a la tarde a las niñas. Antes de entrar, interactuábamos con los varones, y así formamos grupos, tuvimos novios, en fin: relaciones varias. No hace falta quizás señalar que nuestra cotidianidad transcurría entre mujeres y que sobre los varones – al menos yo- tenía ideas fragmentadas. Volvamos a Palermo. Era tímida y tenía compañeras un poco así, hasta muy extravertidas. Seríamos 15 o más. Los bosques estaban repletos, había grupos de chicas y chicos por todos lados. Caminamos mucho, un poco tal vez como hacíamos cuando íbamos a bailar y el imperativo era dar vueltas por el boliche para que te vieran y te saquen a bailar, ritual que me aterraba, pero para no quedarme sola, cumplía, siguiendo a mis amigas y aguantando miradas, algún comentario, tirones del brazo, etc. Yo miraba  a mis amigas y ellas iban adelante, sonriendo, mirando, comentando también. Si las sacaban a bailar por el camino y quedaba sola, me iba con el primero que aparecía. Volvamos a Palermo. Sol. Cachetes al rojo vivo. Gaseosas, sándwiches, tarta, galletitas, no me acuerdo si mate. Lo que sí me acuerdo es que en un momento nos pusimos a jugar a las cartas, distintos juegos hasta llegar a la casita robada, juego típico de niños pequeños. Nos reíamos a las carcajadas, hacíamos chistes, nos divertíamos. En eso vino un grupo de chicos; me acuerdo que se acercaban como en círculo, como rodeándonos y nos observaban. Se hizo el silencio, y tras unos momentos, uno de ellos, medio petiso, mostrando seguridad nos saludó: hola chicas, nosotras creo que no saludamos o sí, no sé. Después de algunas preguntas rápidas, nos pregunta: ¿a qué estaban jugando? Segundos de silencio, nadie hablaba y yo, siendo tímida pero de las que huyen a veces hacia adelante respondí: A la casita robada, y estallaron las carcajadas de mis compañeras, ya que era un juego tan infantil. A los varones no les gustó tanta comicidad y uno de ellos dijo, señalándome: muy graciosa, o: se hace la graciosa, pero tiene bigotes…y lo repitió. Se hizo un breve silencio en que creí me estallaban las mejillas de vergüenza, y rápidamente, en ese torbellino en que -ya saben – se suceden los pensamientos, pensé: yo no tengo bigotes…era muy pálida y al tener los cachetes rojos, esa zona quedaba blanca y bue, eso es lo de menos, si tenía o no. Algunos varones se rieron, mis compañeras se quedaron mudas, pero a los segundos una de ellas: Claudia, lo miró al varón, lo insultó parándose amenazante y el grupo se fue. El día feliz se me había quebrado, me sentía fea, bigotuda y arruina fiesta, ya que  intuía que mis compañeras querían que los chicos se acercaran. Nunca hablamos con las compañeras de eso que pasó, me daba vergüenza y además venía a contribuir con una imagen que me iba haciendo de los varones: ellos son los que se acercan, lo que sacan a bailar, los que dicen lo que quieren a una chica en la calle, en una plaza, en donde sea, que las tocan, que las abusan. Esa tarde, al volver de Palermo, a varias de mis compañeras por Av Santa Fé les tocaron el culo un grupo de varones que pasaba. Y entré en la lógica patriarcal: a mí no, a todas menos a mí, debo ser fea...


Al año siguiente, llegando la primavera, les propuse a mis compañeras ir a una quinta familiar a pasar el día, un grupo quería, pero unas pocas, del grupo de las avasallantes querían Palermo. Tras discutir mucho, quedamos dos representando una a cada grupo. Rita, la avasallante (al menos así la veía yo) en un momento se enojó y me gritó: “ ¿te querés enclaustrar en esa quinta? ¡Sabés qué! ¿Sabés qué? ¡¡Le tenés miedo a los varones!! Yo encolericé, había quedado expuesta frente a las demás y me había desencajado la frase, no la esperaba en absoluto, creo que le dije: Mirá, mejor me callo, no sigo hablando, o algo así, pero amenazante. Me había dolido la verdad: a mis 16 años  me habían gustado muchos, me había enamorado de uno, pero le tenía miedo a los varones.

                                                               A.C 








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